Muros y armaduras que duran


Escondía tus ojos bajo una careta de princesa; el mundo se reía y tu escondida en una esquina. No llores, el verano que viene volverá a haber verbena. 
Porque tú eres princesa... y ellos son idiotas.
(El mundo se equivoca; Mürfila) 


Érase una vez una pequeña princesa. Esta pequeña princesa era feliz. Procuraba ser educada, generosa, simpática. Hablaba con todos, les ayudaba siempre que podía, imaginaba mil historias, cuidaba de niños más pequeños que ella. Y era feliz, en su pequeño mundo.

Pero un día, alguien quiso lastimarla. No se sabe si fue con palabras o con actos. Si fueron burlas o si fue violencia. Pero la lastimaron. Y cómo nunca le había pasado eso ni nunca había hecho nada para merecerlo, no supo cómo reaccionar. Y cómo no supo reaccionar, la volvieron a lastimar. Ella lloró. No sabía qué hacer frente a eso. Y siempre había sido algo tímida, algo miedosa, así que a pesar de que la siguieron lastimando, no actuó. Y la siguieron lastimando.
Como la pequeña princesa no sabía contraatacar, buscó una forma de protegerse. Se construyó una armadura. Una que la tapaba entera. Pero no era suficiente. Aquella armadura no engañaba a nadie, sabían que la princesita no era fuerte, que no se sabía defender, así que siguieron lastimándola allá dónde iba. Su armadura se debilitaba. Y seguían lastimándola o ignorándola a causa de la armadura que llevaba. Nadie le preguntaba por qué se la ponía. Y ella seguía llorando, con la cara tapada por su yelmo, para que nadie la viera.

Cuando se cansó de que intentasen romper su armadura, empezó a construir un muro a su alrededor. A veces, alguien se le acercaba diciendo querer ayudarla. Pero no. Lo que solían hacer aquellas personas era lastimarla aún más. Le rompían parte del muro que estaba construyendo y luego se alejaban. Y ella se quedaba sentada, mirando su muro roto y llorando. Pero curiosamente, cada persona que hacía eso, dejaba un nuevo ladrillo con el que poder seguir construyendo su muro. Así que ella cogía esos ladrillos y continuaba su trabajo.
De vez en cuando, se atrevía a salir del muro y a quitarse parte de su armadura. Y se comportaba tal y como era. Aquella princesita simpática, generosa, soñadora. Pero cuando hacía eso, siempre acababa encontrándose con alguien que volvía a lastimarla. Y ella, desoyendo a quienes la querían así, sin muros de por medio, volvía corriendo a su muro particular, se ponía de nuevo su armadura y se quedaba allí, sola, asustada, llorosa. Allí dentro nadie sabía si lloraba o si tenía miedo. Nadie lo sabía. Y ella podía ir por la vida simulando ser seria, fría, indiferente, fuerte. 

Entre sus muros, con su armadura puesta, podía aislarse del mundo que la lastimaba, allí dentro volvía a ser feliz e imaginaba cómo podría ser su vida, rodeada de gente que jamás intentase hacerle daño. Pero mientras hacía eso y sus murallas se hacían cada vez más duras, no se daba cuenta de que no todo su entorno era malo. Soñaba con cambiar su vida sin darse cuenta de que ese cambio sólo estaba en sus manos.

Y de pronto, un día, alguien le dijo que no debía tener miedo. Que despertase y saliese al mundo. Que su destino dependía de ella. Ella exploró el mundo, llegó a un entorno desconocido y esperó. Estaba terriblemente asustada. Casi tenía ganas de salir corriendo. Pero el tiempo fue pasando y nadie la lastimaba. Así que se fue atreviendo a salir, aún con su armadura puesta. Alguna que otra vez volvieron a lastimarla. Pero ella quiso seguir intentándolo y cambió de lugar. Seguía asustada, pero la gente de su alrededor le empezaba a despertar la confianza necesaria. Supo que no debía esconderse, que debía ser ella misma, que por nada del mundo debía dejar de ser como era. Y así lo hizo. 

Pero entonces, se dio cuenta de algo. Llevaba tanto tiempo con esa armadura, que le era imposible quitársela del todo. Intentaba, forzaba, tiraba. Probaba y probaba. Pero no era capaz. Así, por mucho que su armadura no fuese necesaria con algunas personas, a veces la usaba sin querer, sin darse cuenta. Y cuando notaba que la estaba usando, se sentía mal. Porque no sabía cómo deshacerse de ella. Y en su interior, ya no era feliz. Quería quitársela, olvidarla. Con ella sentía que se ahogaba. 
Volvió a asustarse. ¿Y si no conseguía quitársela nunca? Ella no quería eso. No quería estar siempre asustada del mundo. Quería correr, volar, descubrir cosas nuevas. Y su maldita armadura, construida para defenderla, se lo impedía.

Decidió que nada la pararía. Que se iría quitando aquella dichosa armadura poco a poco, pieza a pieza, con paciencia. Por partes. Y la pequeña princesa decidió también que no dejaría que nadie, nunca más volviese a lastimarla. Sería valiente. Como nunca antes lo había sido.
Hoy día, la pequeña princesa sigue recorriendo el mundo con su armadura. Con cada experiencia, halla la forma de quitarse un trozo más de la armadura. A veces, aún siente miedo. Mucho. Eso dificulta las cosas. Pero ella no se rendirá. Jamás.





Comentarios

  1. Por los Antiguos, es precioso. Y me siento muy identificada con la princesita.
    Ojalá jamás se rinda. :)

    Un besazo enorme.

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