El planeta de Dante
Había una vez una isla muy especial en medio del mar. Esta isla se llamaba Draconia y estaba poblada por dragones.
Había dragones muy diferentes, de muchos tamaños y colores. Por ejemplo Enzo, un dragón rojo y forzudo. También estaba Fergus, un dragón verde y con una barriga muy grande y redonda. Y Galen, el dragón amarillo y viejo, pero muy muy sabio.
¡Y aún había muchos más! Pero había uno muy especial. Este dragón se llamaba Dante. Dante era un dragón azul y curioso y muy aventurero. Se pasaba el dia investigando los alrededores, curioseando y buscando nuevas aventuras.
Un buen día, el gran volcán que había en medio de la isla, comenzó a temblar fuerte. Todos los dragones de Draconia se empezaron a acercar, preguntándose que pasaba, pero tan pronto como empezó a echar humo decidieron alejarse, no fuera a ser que pasara algo malo.
Todos menos Dante. El se quedó allí, bien cerca, ¡tenía que saber qué estaba pasando!
El volcán seguía temblando, cada vez más fuerte. Y cada vez salía más humo de su interior. Quería verlo más de cerca, por eso Dante decidió comenzar a subir volcán arriba.
Al darse cuenta de lo que hacía, los otros dragones empezaron a gritar:
-¡Dante, no subas! ¿No ves que puede ser peligroso?
Pero él apenas les escuchaba. Sólo sentía un impulso muy fuerte dentro suyo, el impulso por la aventura, el impulso de la curiosidad. Así que continuó subiendo hasta llegar al cráter.
Cuando al fin llegó, se asomó con cuidado y miró hacia dentro. Lo que vio le impresionó: ¡Jamás había visto la lava hervir de esa manera! Desoyendo totalmente los consejos de algunos de sus amigos, se asomó un poco más. El volcán cada vez echaba más humo y cada vez temblaba más, parecía que estaba a punto de entrar en erupción.
Pero a Dante eso no le asustaba lo más mínimo. Estaba fascinado mirando hervir la lava, el humo subiendo hacia el cielo, el temblor bajo sus pies y el calorcito que emanaba el cráter.
Entonces ocurrió. Se escuchó una terrible explosión y todo pasó muy deprisa. La lava salió disparada hacia arriba con mucha presión y en gran cantidad y el humo empezó a salir más negro y en mayor cantidad. Rocas enormes salían volando en todas direcciones.
¿Y Dante?¿Dónde estaba Dante? Los dragones de la isla se acercaron poco a poco al volcán, haciéndose esta pregunta. Por supuesto, del volcán seguía saliendo lava, pero a ellos eso no les preocupaba. La lava para un dragón no es más que un líquido calentito que sale de debajo de la tierra. De hecho, los días fríos de invierno, se la toman en tazas, todos reunidos alrededor de una hoguera bien grande… Pero vayamos a lo que importa.
Dante. Dante estaba junto al cráter cuando todo aquello sucedió, por supuesto, por lo tanto en el momento de la explosión, la roca sobre la que se apoyaba salió disparada hacia arriba a toda velocidad. Él se sostenía sobre esa roca sin problemas mientras miraba hacia abajo con los ojos abiertos como platos. Aunque más sorprendidos que él estaban sus amigos; miraban hacia arriba, a esa roca que se iba haciendo más y más pequeña conforme se alejaba de la isla.
En un momento dado, la roca atravesó la atmósfera y se desintegró. Aquello no supuso ningún problema para Dante, ya que los dragones pueden respirar a pesar de la falta de oxígeno. Sencillamente desplegó sus enormes alas y, agitándolas suavemente, se dejó llevar por la falta de gravedad.
Nunca antes un dragón había viajado al espacio, ¡Qué gran aventura!
Volando volando acabó por posarse sobre un muy pequeño planeta que orbitaba por allí. Un pequeño planeta de color verde intenso, lleno de cráteres.
Le gustó mucho el diminuto tamaño del planeta, el color tan característico que tenía y la especie de aura brillante que lo rodeaba, así que pensó en quedarse allí un tiempo para curiosear a sus anchas.
Recorrió toda la superficie del pequeño planeta dos, tres y hasta siete veces y todos y cada uno de sus cráteres y orificios y descubrió algo que lo intrigó mucho: el aura brillante que emanaba de allí procedía de unas piedrecitas brillantes en el suelo. No tenía la menor idea de qué eran, pero estaban por todas partes. Se agachó y acercó sus grandes ojos al suelo para verlas más de cerca y se dio cuenta de que esas piedrecitas brillantes eran en realidad miles y millones de pequeñas esferas de cristal, pero de un cristal tan fino y tan puro que, de tanto que brillaban, hacía que pareciese que las estrellas estaban apagadas.
Se fijó en que no todas las esferas brillaban; había algunas que titilaban, a otras ya sólo les quedaba una pequeña luz… otras tristemente habían dejado de brillar. Después de dudar unos instantes, se atrevió a coger una de esas relucientes esferas. Cogió una de las que más brillaban y la movió y observó delicadamente entre sus zarpas. Era la cosa más bonita que había visto jamás, él, que siendo un dragón venía de una tierra donde abundaban las cosas maravillosas y una simple esfera de cristal hacía que cualquier otra cosa dejase de parecer bella a su lado. En ese momento, se dio cuenta de que algo se movía en el interior de la esfera.
Se lo acercó más a los ojos y miró con detenimiento. Eran imágenes, como una película. Mostraban a un niño. Un niño subiendo a un cohete y viajando a la Luna.
Aquellas imágenes sorprendieron mucho a Dante. ¿Qué era aquello en realidad? Con ansias de saber más, cogió otra esfera y se dispuso a mirar dentro. Una niña, bailando ballet en un teatro y siendo aplaudida.
Probó con otra y pudo ver a otra niña, siendo abrazada afectuosamente por quienes parecían ser sus padres.
Fue probando con más y más esferas intentando averiguar qué eran y en cada una encontraba una historia diferente:
A una chica joven le crecía una cabellera preciosa y volvía a sentirse fuerte y saludable.
Un hombre mayor recuperaba a su esposa.
Una mujer abrazaba a su hijo, quien vestía de militar.
Se fijó en que todas las historias tenían algo en común: fe, anhelo, esperanza.
Pasaban los días y siguió observando historias de las esferas y pensando sobre ellas. Se dio cuenta de que día tras día, minuto tras minuto, aparecían esferas nuevas. Todas las que aparecían eran increíblemente brillantes, pero en cambio algunas de las que llevaban más tiempo iban dejando de brillar.
Entonces, un día, una idea le atravesó la mente como una flecha. Se podría decir que se le encendió una bombilla. Ya lo tenía. ¡Ya sabía qué eran las pequeñas esferas brillantes!
Eran, ni más ni menos, que todos los sueños e ilusiones de los seres humanos, que tomaban forma de esferas de cristal y aparecían en ese planeta, donde se quedaban a salvo para siempre. Las que dejaban de brillar, por desgracia, eran los sueños que no se cumplían. Las ilusiones que se perdían por la situación o el paso del tiempo.
Dante se sintió entristecido por las esferas que dejaban de brillar o que ya habían dejado de hacerlo. Todos los sueños que había allí eran muy hermosos y no podía permitir que los humanos de allí abajo dejasen de creer en sus ilusiones.
De esta forma, se convirtió en ese mismo instante en cuidador de sueños.
Comenzó a juntar todos los miles y miles de esferas apagadas que encontró y todas aquellas que estaban a punto de hacerlo. Y las limpiaba, reparaba y cuidaba con dulzura. Las colocaba cerca de las brillantes, para que algo de aquella luminosidad pasase de unas a otras y se contagiase. Cuidar de los sueños para que no se rompan ni se apaguen no es tarea sencilla. Requiere de gran cuidado, dedicación y esfuerzo. Pero para alguien tan soñador como Dante, este trabajo era una delicia. A los soñadores no les cuesta nada soñar; así que si parecía que una esfera no tenía salvación, lo conseguía siempre contagiándole un poco de sí mismo.
Y así, desde entonces y hasta que ese planeta esté allí, Dante estará cuidando de todos nuestros sueños y nuestras ilusiones, para que no se rompan ni se debiliten sino que cada día se hagan más fuertes, más grandes, más brillantes y más bellos.
A menudo baja de su planeta de ilusiones para contarle a sus amigos qué tal le va. Últimamente es más difícil, el mundo parece no estar muy por la labor en cuanto a sueños. Siguen llegando millones de sueños, pero la mayoría se rompen por el camino y él se esfuerza mucho en repararlos todos. Pero siempre les dice a los otros dragones:
-No me daré por vencido.
Y tú, ¿Te darás por vencido?
c0lipait..*
Qué chulo! Es muy original. Yo no tengo tanta imaginación para escribir estas cosas. Deberías hacer más, y luego recopilarlos y llevarlos a una editorial. Igual te los publican xD.
ResponderEliminarJajaja si algún día acabo alguno más también te haré leerlo, que lo sepas. Y si algún día me publicasen te pondré en los agradecimientos xD
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